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BARCELONA
sábado, 26 de septiembre de 2009
ALICIA DE LARROCHA (1923-2009)
Que tocaba tan bien ‘Para Elisa’, entre tantas otras cosas más difíciles y bellas. Ahora estará probando algún piano con Victoria, discutiendo tiempos, sonoridades, desafiándose en musicalidad por aquel Toldrá nunca acabado o recordando, con tanta risa como seriedad, aquellos no muchos pero magníficos conciertos juntas (el del Hunter Collegue ha quedado preservado para siempre) y haciendo música juntas pasarán del principio de ‘Confiado jilguerillo’ de Literes al final de ‘La muerte y la doncella’ de Schubert y para sacudirse la gravedad y la angustia se lanzarán al ‘Trípili’ o ‘la tarantula’, que nunca ha picado tanto a tantos como con ellas.
Hacer música juntas. Alicia de Larrocha, la exacta coetánea de Victoria, cercana hasta por la geografía, perteneció –pertenece, la muerte física es un accidente y sobre todo en estos casos- a esa clase de artistas estudiosos, responsables, que amaban la música y tenían como última pretensión hacerla disfrutar de la mejor manera que podían, al servicio de los autores, al público que iba a oirlos y verlos. Otros oropeles, entonces también vigentes y hasta cierto punto legítimos –como antes y aún más hoy, dadas las características de nuestra sociedad actual- les interesaban poco o nada. A ellos que los dejaran con la música. Era forzoso que se encontrara con Victoria, se entendiesen en lo artístico y anudasen una amistad en lo personal de la que podrían contarse muchas anécdotas pero que, discretas como eran, seguramente preferirían que quedaran en el marco que les corresponde, porque anécdotas son y no lo esencial: el piano y el canto. Cómo disfrutaba Victoria de la que algunos llamaban ‘sus cancioncillas’ (suponiendo tal vez que ‘Seligkeit’ era menos difícil e importante que ‘Mi chiamano Mimì’) cuando tenía al piano compañeros –que no acompañantes- de su nivel. Tuvo suerte de tener muchos. Alicia, además de ser mujer, ocupó siempre un lugar especial. Y quizá, quizá (porque, ay, no están, y no podemos preguntárselo ya: ¿cómo no se nos ocurrió antes? Uno piensa, mal, que los grandes son eternos. Y lo son, pero también ellos se mueren y no hablan más) hayan preferido los ensayos a las grabaciones o los conciertos mismos… Nos consta al menos que Victoria, que se ponía seria y reservada y casi muda en los días de concierto o grabación, estaba feliz –aunque discutiera hasta la última corchea- en los días de ensayo: eran días de euforia y energía. Haber contribuido a hacer más bella la vida de Victoria, algo más dichosa, con algún que otro remanso de olvido de los problemas, no será un mérito artístico de Alicia (tiene tantos, qué vamos a enumerare nosotros aquí, más que sus medallas y reconocimientos), como seguramente hizo más feliz la vida de tanta gente que pasó por sus conciertos en vivo o grabados; es más, es un mérito de ‘gran persona’ (usamos una expresión que Victoria usaba poco para calificar a la gente, colegas o no, pero cuando lo hacía no se equivocaba). Hay artistas soberanos que lo son más aún por haber sabido ser, al mismo tiempo, seres humanos a los que uno se alegra de haber conocido y de que representen a nuestra especie ante ojos mucho más expertos que los del momento, sean los del futuro o los de algún ser superior (que, de existir, a lo mejor nos perdona alguna cosa por poder exhibir a ejemplares como estos). Y entretanto, las dos se habrán ido con la música a otra parte, riendo, trabajando, discutiendo, pero siempre con la música bajo el brazo y sobre el atril y mirando ceñudamente la partitura con gafas o seguramente ya sin ellas. Gracias, Alicia, y que os divirtáis mucho las dos. Os lo merecéis tanto como os merecéis la una a la otra.
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